Con corazón y cabeza

Se acerca la Navidad. Y con ella, una de las épocas del año en las que más consumimos de casi todo: comida, regalos, viajes, ocio… La Navidad tiene no pocos detractores debido a un amplio catálogo de motivos, entre los cuales se encuentra este consumo desenfrenado. A mí, personalmente, me gusta la Navidad, pero comprendo que a muchos les genere rechazo esta dinámica.

Dejando de lado los demás aspectos por los que la Navidad desagrada o entristece a muchas personas (problemas familiares, seres queridos que ya no están, demasiado que hacer en muy pocos días, esa aparente obligación de ver a todo el mundo y de sentirse feliz…) y centrándonos solo en este aspecto del consumo, lo cierto es que reunirnos con nuestros seres queridos, celebrar y hacernos regalos son impulsos humanos saludables y naturales. Yo, al menos, a priori no veo nada de malo en que haya un par de semanas al año en las que todos nos entregamos con más fuerza a estos rituales. Por concepto me parece sano y bonito, más allá de la practicidad de que, si no fuera por la Navidad, pasarían años sin que viera a algunas personas a las que tengo verdadero afecto. Tampoco hace falta regalar grandes cosas: un regalo debe ser una muestra de cariño, no de estatus (si se puede, perfecto, siempre que la auténtica motivación venga del corazón y no de querer presumir). Por otro lado, si por algún motivo no se puede regalar, creo que esto no debería ser un motivo para dejar de celebrar, para dejar de participar.

Hasta aquí parece obvio (al menos a mí). Llevando ahora la reflexión un poco más allá, creo que nosotros somos los últimos responsables de lo que consumimos. Esto lo digo porque, si bien es indudable que vivimos en una sociedad que fomenta el consumo, creo que no podemos ni debemos culpar a esa maquinaria por las decisiones que tomamos y que, en última instancia, son solo nuestras. Es cierto que el mundo evoluciona rapidísimo y que, si no te subes a ciertos trenes, parece que te quedas desfasado enseguida, pero está en nosotros el decidir con responsabilidad: se trata de buscar (en Navidad y en el resto del año) un equilibrio entre seguirle el pulso a la vida, permitirnos cosas que nos gustan y apetecen sólo porque nos gustan y nos apetecen (y porque podemos), y no caer en el absurdo y en lo irracional.

Con frecuencia se dice: “Esta sociedad de consumo y el marketing nos crean necesidades.” Desde luego, el marketing intenta que nos apetezcan las cosas (lo que, por cierto, no es exactamente lo mismo que crear necesidad: me parece más acertado decir que nos despierta el interés). ¿Esto es malo? Rotundamente no. Desde que el mundo es mundo, quien ha tenido algo que ofrecer, algo que vender, lo ha voceado, lo ha anunciado, lo ha vestido de una forma interesante para hacerlo atractivo. Nosotros mismos nos arreglamos y maquillamos para causar una buena impresión, para vendernos. ¿Entonces…? Yo defiendo que toda esta historia del marketing no deja de ser algo natural; lo que pasa es que, con la evolución de la sociedad, la multiplicación de la oferta de productos y servicios y la llegada del poder adquisitivo a una mayoría de gente, todo junto se nos ha vuelto, sencillamente, demasiado. Y sí, se nos ha ido de las manos.

Pretender que el marketing frene y que las empresas nos dejen de ofrecer todo tipo de productos en los formatos más apetecibles es, para mí, como pretender que el cielo deje de ser azul. No va a cambiar. Y ni siquiera es malo en sí. Pero ante la avalancha de oferta y de estímulos en esta sociedad que se ha vuelto tan variada y compleja, lo que sí hace falta es que decidamos cómo comportarnos, cómo reaccionar, cuál será nuestra actitud. Y que eduquemos y protejamos, tanto en sociedad como en nuestra vida personal, a los colectivos que son más vulnerables a los reclamos (sobre todo, pienso en los niños y adolescentes).

El marketing ofrece, pero la decisión está en nosotros. Decir que “nos crean necesidades” y no analizar más allá es, para mí, como afirmar que sólo nos movemos por impulso. No podemos ni debemos excluirnos de la responsabilidad y, si no en etapas más tempranas de la vida, al menos ya de adultos se nos supone el suficiente autogobierno como para no correr detrás de todo como pollos sin cabeza. No podemos delegar la culpa en la sociedad y renunciar a usar nuestro sentido común. Unas veces gastaremos más, y otras, menos; y no gastaremos al máximo en todo lo que se nos ofrece, porque todos tenemos prioridades y preferencias, y meses y años buenos y menos buenos, y presupuestos limitados. Se trata de que cada cual encuentre, en cada momento, su punto de equilibrio entre el dejarse llevar al gasto con alegría y el actuar con sensatez.

Además, si no te gusta el desenfreno consumista de esta sociedad, una de las pocas cosas que puedes hacer para cambiarla, o al menos para moderarla, es actuar como crees que debes hacerlo. Eso sí que no puede quitártelo nadie. Si quieres cambiar tu entorno, empieza por cambiar tú.

¡Feliz Navidad!

 

Foto: María Traver

 
 
Ana LlorensAna LlorensComentario