DECIR QUE NO PARA DECIR QUE SÍ

Hace poco me he visto en la posición de tener que poner límites a una persona que quiero. No ha sido nada fácil; entre otras cosas porque ello significaba, entre otras cosas, un perjuicio objetivo para esa persona. Durante días me he sentido como si fuera una especie de monstruo, por más que me repitiese a mí misma que tenía derecho a marcar ese límite y que a veces la opción perfecta, la que es beneficiosa para todos, la que nos gustaría, simplemente no existe y tenemos que elegir entre dos dolores. En este caso yo tenía ante mí un dolor propio y uno ajeno. Por una vez, elegí el ajeno.

Con esta situación que acabo de contar se me ha hecho evidente por qué nos cuesta tanto marcar límites. Si vamos en serio, lo más probable es que ocurra algo de lo siguiente (con frecuencia, varias de estas cosas a la vez):

- Vas a herir a alguien a quien quieres

- Vas a sentirte mal contigo mismo

- Vas a decepcionar a alguien a quien te interesa tener contento

- Vas a discutir

- Vas a tener que emplear tiempo explicando tus razones

- Puedes perder tu relación con una persona

- Vas a cuestionar la imagen que los demás tienen de ti, o la que tú mismo tienes

Sinceramente, con esta lista no me extraña que muchas veces tiremos la toalla antes siquiera de empezar. Sabemos que tenemos derecho a decir No, y parece que todo lo que nos hace falta es estar dispuestos a hacerlo: pero nadie nos dijo que hay muy buenos motivos para que sea difícil, para que nos dé una pereza infinita. Nadie nos dijo que, de hecho, sí hace falta una buena dosis de valor para decir No, para marcar los límites que protegen lo que es esencial para nosotros, incluso a costa (por terrible que suene) de las necesidades de aquellos a quienes queremos. Obviamente, se trata de un equilibrio: si jamás estuviéramos dispuestos a atender las necesidades de nuestros seres queridos, sencillamente, no les querríamos. Sabemos que es sano ser un poco egoístas, pero no queremos afrontar las consecuencias que serlo trae en la práctica. Nos da miedo. Y contra el miedo, el único antídoto es armarse de valor y hacerlo igualmente.

Además del miedo a todas esas consecuencias desagradables, hay algunas creencias que nos frenan a la hora de marcar límites. Una de ellas es la idea de que siempre estamos obligados a ayudar a los demás, cueste lo que cueste. Lo cierto es que en una mayoría de ocasiones podemos echar, aunque sea, una pequeña mano a quien nos la pide, a quien lo necesita, sin que ni siquiera nos cueste demasiado. Sin embargo, hacer esto sistemáticamente solo nos lleva al agotamiento y a la frustración. Creo que es importante que no nos sintamos obligados a hacer siempre todo lo que esté en nuestra mano por los demás, muy especialmente cuando hacerlo entra en conflicto con nuestras necesidades personales reales. Tenemos derecho a decidir cuándo ayudar y cuándo no.

También debemos ser conscientes (y en el fondo lo somos: por eso nos asusta) de que marcar límites establece una nueva realidad a nuestro alrededor, y nos hace responsables de nuestro tiempo y de nuestras decisiones. En el momento en que dices No a alguien en algo, estás estableciendo prioridades, reordenando tu entorno y haciéndote cargo de la satisfacción de tus propias necesidades. Ya no puedes culpar a “todo lo que te pasa continuamente” por no tener tiempo, por sentirte frustrado, porque te falta la energía para hacer aquello que, en el fondo, más te motiva; aquello con lo que sueñas. Ya no te dejas arrastrar. Marcar límites es apropiarte de tu vida con todas las consecuencias y estar dispuesto a pagar el precio. Es entender que a veces, en la vida, unas cosas son a costa de otras y que, cuando esto ocurre, no puedes sistemáticamente ignorarte a ti mismo. Si lo haces, a la larga eres tú quien más pierde: como diría mi abuela, “en el pecado llevas la penitencia”. Tú mismo pagas el precio por no decir No a tiempo. Por el contrario, cuando marcas límites te estás poniendo a ti mismo una inyección de autoestima: te estás dando el mensaje de que te respetas tanto como respetas a los demás. De que tus necesidades también entran en la foto.

El concepto anterior de “unas cosas a costa de otras”, esta idea de elegir, aplica también a otro tipo de límites: los que debemos ponernos a nosotros mismos. Por poner un ejemplo obvio, si queremos bajar de peso deberemos poner límites, como mínimo, a nuestra pereza y a nuestra ingesta. El realismo implica aceptar que, para conseguir unas cosas, hemos de renunciar a otras. Para tener tiempo para desarrollar una afición a fondo tendremos que abandonar otras por el camino; sacar otras actividades de nuestra apretada agenda. Sólo cuando aceptamos que debemos ponernos límites, éstos dejan de ser obstáculos a nuestro crecimiento y se convierten en instrumentos del mismo: sólo priorizando y sabiendo hasta dónde queremos y podemos llegar seremos capaces de poner foco en lo que nos importa. Y si lo esencial para nosotros son una o dos cosas, lo probable, una vez puestos los límites adecuados, es que (salvo excepciones puntuales) no nos quede tiempo para nada más.

Sólo para lo que de verdad nos importa.

María Traver

  Foto: María Traver

Foto: María Traver

 
Ana LlorensComentario