DESPERDICIOS

Al parecer, la mayor parte de la gente que alguna vez ha ganado el Gordo de la Lotería de Navidad se encuentra, tan sólo cinco años después, en igual o peor situación respecto a cómo estaban antes de que les tocase el premio. Aun así, yo sigo lamentando no haber tenido suerte tampoco este año, e incluso caigo en la tentación de pensar: “Eso a mí no me ocurriría.” Y, sin embargo, otra parte de mí me advierte que quizá sea algo pretencioso por mi parte creer que mi caso sería distinto.

Mientras sigo soñando con que la fortuna me dé un día la oportunidad de comprobarlo, este hecho me deja pensando, sobre todo, en dos cosas: la primera, que el dinero no te cambia sustancialmente la vida (salvo que estés en una situación muy apurada) o, como mínimo, que te pueden pasar otras cosas que te la cambian de formas mucho más esenciales. La segunda tiene que ver con cuánto desperdiciamos. No sólo dinero sino también nuestros otros recursos y, en general, todo lo bueno que tenemos.

Desperdiciamos energía: en discusiones que no valen la pena, en perfeccionismos extremos, en actividades que hacemos por hacer o por rutina sin que nos aporten más o menos nada, yéndonos tarde a la cama de forma sistemática sin ningún motivo que lo justifique… Desperdiciamos tiempo: con personas que no valen la pena, por pura pereza de ponernos a hacer algo, enganchados a las redes sociales, al Whatsapp, al móvil… Desperdiciamos las personas y cosas valiosas de nuestra vida, desperdiciamos oportunidades por falta de atención, por no vivir el momento ni estar presentes, por miedo, por desidia, por dejarnos arrastrar por la preocupación.

Con esto no estoy diciendo que las redes sociales sean malas, que dejarse llevar por la vagancia no sea estupendo y hasta necesario, o que a veces no nos quede más remedio que soportar a personas que nos ponen enfermos. A mi juicio, que algo sea o no un desperdicio depende, al menos, de lo siguiente:

- El qué: es decir, la actividad concreta. ¿Es algo que nos gusta, que realmente deseamos hacer; algo a lo que queremos dedicar un tiempo que (en consecuencia y por definición) no tendremos para otras cosas?

- El porqué: o sea, nuestros motivos. Incluso si se trata de algo que no nos gusta, ¿tenemos buenas razones para hacerlo? Pasar tiempo con nuestra familia política, acompañar a nuestra pareja a ese espectáculo en el que no se nos ha perdido nada pero que a él o ella les apasiona, o llevar a cabo nuestro trabajo (algo que no a todos nos encanta pero que nos llena la cuenta corriente a final de mes) difícilmente serán desperdicios incluso aunque la actividad en sí no nos seduzca.

- El cómo: la intensidad con que realizamos esa actividad. Esto es importante porque, muchas veces, consumimos una enorme cantidad de tiempo y energía sólo por cuánto nos implicamos en lo que hacemos, o con las personas de nuestro entorno. Seamos claros: no todo merece (ni todos merecen) que le dediquemos nuestro cien por cien, ni estamos siempre en condiciones para ello. Démonos permiso para hacer algunas cosas a medio gas, para decir no; busquemos soluciones de compromiso, renunciemos a peleas que no conducen a nada, dejemos de querer demostrar que tenemos razón.

- El cuánto: la frecuencia. Cuando se trata de dedicar tiempo, dinero o energías a algo que no nos aporta nada, no es lo mismo hacerlo una vez a la semana o cada dos meses. No es lo mismo tirarse en el sofá una hora que cuatro, los fines de semana o cada tarde sin excepción. Se trata de encontrar el punto de equilibrio para que estas “actividades desperdicio” no pongan en peligro todo aquello que sí nos importa. O, mejor dicho, para que estas actividades con potencial para convertirse en “desperdicios” si se nos van de las manos tengan el espacio que necesitan, pero no más.

En última instancia, la combinación de estos elementos nos da una idea del coste que tiene para nosotros lo que hacemos (y lo que no). Ahí es donde podemos empezar a decidir.

Estamos a la vuelta de un nuevo año y con él llegan los buenos propósitos, que no son más que la expresión de nuestra necesidad de cambio, de mejora, de que nuestra vida avance y se llene de cosas diferentes. No nos planteemos cambios radicales ni objetivos desmedidos porque (seamos realistas) no lo vamos a conseguir. En vez de eso, analicemos nuestros desperdicios: por qué sumideros se nos escapan a borbotones el tiempo, la energía, la ilusión, las oportunidades. La vida. Elijamos, como mucho, un par de ellos: los que sean más graves, los que más acaparan ahora mismo, los que nos hacen sentir peor, los que (por sus características) representan los mayores obstáculos para que podamos dedicar tiempo y energía a aquello que más nos importa. Y hagamos ajustes concretos, específicos, pequeños pero constantes, en nuestro día a día. Anotémoslos en un cuaderno; revisemos cada semana o cada quince días si lo vamos consiguiendo (y si la respuesta es no, por qué no). Si hace falta, hablemos con las personas de nuestro entorno para encontrar la forma de incorporar esos ajustes a nuestra vida cotidiana. Expongamos nuestras necesidades y nuestros motivos; pidamos ayuda.

Al final se trata, sin angustia pero con determinación, de hacer que la vida cuente.

¡Feliz año nuevo!

 

Foto: María Traver