EXTREMOS

De manera natural, tiendo a ser una persona centrada. Con esto no me refiero a que mi cabeza funcione adecuadamente (que también, o eso espero) sino a que tiendo a ser ecuánime y mis opiniones son, con frecuencia, intermedias. Mis posiciones son una mezcla de tradición y progresismo. En las discusiones sobre cualquier tema y en cualquier foro tengo facilidad para comprender puntos de vista opuestos, para entender de dónde viene cada persona y por qué dice lo que dice, así como un interés natural en integrar todas esas realidades y visiones.

Mi lema solía ser aquello de “en el término medio está la virtud” hasta que un día, un buen amigo mío, votante de un partido más a la izquierda que la definición misma de izquierda, me replicó con una sonrisa amable: “A veces, te vas al extremo porque es la única forma de defender lo que es justo.” No sólo no me quedó más remedio que darle la razón, sino que me dejó pensando. En efecto, hay muchas situaciones en las que no cabe el término medio: no hay equidistancia posible entre exterminar judíos y no hacerlo; no la hay en los engaños que muchos ancianos sin medios ni educación han sufrido a manos de la banca; tampoco en la corrupción política (que afecta a todos los partidos: casi cabría afirmar que no hay nada más democrático y equidistante que la corrupción). Es más, al analizarlo tuve que admitir que algunas de mis posturas en temas concretos serían consideradas extremas por personas de la derecha o de la izquierda respectivamente. Desde esa conversación, evito definirme desde el término medio: es más correcto decir que soy una persona de opiniones eclécticas y que procuro mantener la mente abierta y nutrirla desde la variedad, no comprando consignas.

La clave en la afirmación de mi amigo es simple y poderosa: la equidistancia, cuando se produce la injusticia, se convierte en complacencia y hasta en complicidad, y esto es algo que debemos evitar a toda costa. A esta afirmación subyace una creencia: hay que defender lo que es justo desde el punto de vista humano, más allá de ideologías.

Aterricemos ahora esta reflexión filosófica en la realidad del mundo actual: un mundo en el que las opciones políticas extremas (ya sean de derechas o de izquierdas) están en auge. Cuando se mira de cerca, resulta fácil comprender el porqué: esas opciones extremas son, con frecuencia, las únicas que están proponiendo soluciones a problemas que preocupan a la población, respuestas a situaciones injustas o en las que la gente se siente desamparada y desoída. Esto se trata cada vez menos de ideologías y cada vez más de afrontar los problemas reales y de llamar a las cosas por su nombre. Los partidos políticos más moderados (ya sean de derechas o de izquierdas) dejan vacíos flagrantes que los partidos más extremistas aprovechan raudos y veloces. En parte porque, para afrontar estos asuntos habitualmente espinosos, tendrían que dejar de lado el discurso puramente ideológico de “buenos y malos” y empezar a hacer una pedagogía bien argumentada y basada en valores. Haría falta hablar claro y entrar en los porqués, no quedarse sólo en los “qués”, en la superficialidad de las acusaciones mutuas y del discurso del miedo. Esto es, sin duda, más arriesgado y cuesta más trabajo, pero a la larga daría más frutos. Sin embargo, es más fácil pelearse con tu adversario por un cargo o un porcentaje del electorado que molestarse en intentar ser un auténtico líder. Y así, ante este panorama, la gente acaba extremando su voto para apoyar a quienes representan su postura en aquellos asuntos que más les preocupan, y haciendo la vista gorda ante los abundantes elementos peligrosos igualmente presentes en los programas de estos partidos políticos extremos.

Sigo pensando que no debería ser necesario, ni siquiera es recomendable, que el mundo se defina y se articule como una lucha de opuestos: me gustaría más verlo funcionar como una integración de los aspectos mejor enfocados o resueltos por cada parte. Se puede y se debe tratar de hallar un equilibrio entre lo global y lo local; entre el avance social y el respeto por nuestra historia, nuestra herencia y nuestra cultura. Se puede controlar la inmigración sin olvidar que los inmigrantes son personas; se puede ser feminista sin menospreciar o atacar al género masculino… Y así con todo.

Mientras las cosas sigan funcionando en blanco y negro en vez de escalas de grises, está en nosotros decidir qué haremos. Del mismo modo que cuando más nerviosos estamos es cuando más necesitamos relajarnos (es también cuando más nos cuesta hacerlo) me gustaría pensar que, a pesar de lo indignados que nos podamos sentir, somos capaces de seguir defendiendo activamente lo que nos parece justo sin dejarnos llevar por la visceralidad que nos arrastra hacia las posturas más radicales. Posturas desde las que quizá sí ganemos algo de lo que pretendemos, pero con las que seguramente pagaremos un precio demasiado elevado en otros aspectos tanto o más importantes.

Porque a mí, personalmente, me sigue pareciendo una pena que, para defender ciertas cosas que son justas, o para conseguir que se afronten muchos problemas humanos y sociales graves, no nos quede más remedio que irnos a los extremos. Lo ideal sería no tener que hacerlo.

Al final va a resultar que sigo siendo una persona centrada…


Foto: María Traver

Foto: María Traver


Ana LlorensComentario