HUMOR Y TOLERANCIA

Hace unos días, charlando con unas amigas, en cierto momento empezamos a comentar una noticia: en una fiesta popular, un grupo de jóvenes se había disfrazado de miembros de cierta etnia, y tanto sus disfraces como su comportamiento destilaban una caricatura de dicha etnia, exagerando algunos de sus rasgos. Algunas de mis amigas lo encontraban insultante (se trata de una etnia que históricamente ha sufrido persecución y marginación); en cambio, a otras no nos parecía necesariamente malo. Más allá de que las personas tenemos diferentes sensibilidades, la conversación me dejó pensando.

Lo cierto es que, quien más quien menos, todos tenemos algún punto sensible, algún tema que consideramos intocable y con el que no se bromea: la política, la religión, el machismo/ feminismo, el racismo, la homofobia… Todos estamos más o menos sensibilizados con ciertas causas en función de nuestras inclinaciones personales y nuestra experiencia. Algunos hemos sufrido la persecución o la discriminación en carne propia.

Más o menos todos estaríamos de acuerdo en que los colectivos históricamente perseguidos tienen pleno derecho a ser respetados y a que su estatus sea restituido al mismo nivel que el de cualquier otro ciudadano, así como a ver sus agravios compensados (económicamente por ejemplo, aunque hay daños que el dinero no puede arreglar, pero eso ya es otra cuestión). Sin embargo, también creo que, cuando has sido víctima de algo, tu visión estará, probablemente, sesgada, vas a estar hipersensible, te vas a tomar demasiado en serio a ti mismo (como mecanismo para compensar el agravio) y vas a tener facilidad para ver amenazas, insultos y ofensas donde no los hay. Es humano. A mí me ha ocurrido. Pero eso no significa que haya que dar a alguien automáticamente la razón en todo por el hecho de ser víctima.

Digo esto porque, en mi opinión, una de las mejores cosas que se puede hacer por los colectivos marginados, a la vez que se restablecen y garantizan sus derechos, es darles carta de normalidad también en todo lo demás. Carta de normalidad, para mí, significa que esos colectivos también puedan ser caricaturizados en un Carnaval, o por un humorista, llegado el caso: si podemos hacer chistes sobre los blancos deberíamos poderlos hacer sobre los negros, si hay chistes sobre el sexo entre maridos y mujeres también deberían estar permitidos sobre el sexo gay, si hay viñetas sobre curas o monjas debería poder haberlas sobre rabinos o muyahidines… y así con todo. Es más, creo que, cuanto más permitamos que esto suceda, más estaremos ayudando a la equiparación. Por el contrario, cuanto más insistimos en que se nos tome en serio por el agravio que hemos sufrido, y en que se hagan excepciones con nosotros, más perpetuamos dicho agravio y más prolongamos nuestro estatus de víctimas. Lo mejor es “igual que todos”: tanto en derechos, como en deberes, como en todo lo demás. Si nos hace gracia que se rían de los musulmanes pero nos ofende que se rían de los judíos (o al revés), opino que deberíamos revisar nuestras creencias y sensibilidades. Y lo mismo con blancos y negros, sur y norte, heterosexuales y homosexuales… Tengo una buena amiga lesbiana que aborrece el “orgullo gay”: ella afirma que, cuanto más hincapié se hace en su diferencia (aunque sea para proclamar que se está orgulloso de ella), más tardarán en ser vistos como ciudadanos normales. Su orientación sexual no debería ser noticia en sentido positivo ni negativo: es sólo una característica.

Otra derivada de este mismo asunto está en el uso de las palabras. Para mí, es bueno llamar a las cosas y a las personas por su nombre: el insulto está en el tono y la intención, no en la palabra. Desde luego, hay palabras ofensivas en sí mismas: si alguien te llama imbécil, difícilmente podrás tomártelo bien. Pero decir de alguien que es viejo, o negro, o gay, o discapacitado, no significa nada: es meramente descriptivo. Evitar el uso de esas palabras por temor a cierta connotación, para mí, equivale a avergonzarse; es como admitir que hay algo fundamentalmente malo en el hecho de ser viejo, negro o gay, o de tener una discapacidad. Parece que estamos ocultando algo. Mi forma de luchar contra esa connotación negativa sería, precisamente, utilizar esa palabra concreta. Tengo un familiar cercano con discapacidad, y negar que sus posibilidades intelectuales son más limitadas (diciendo que son simplemente “diferentes”), para mí, es no hacerle ningún favor: para que se atiendan sus necesidades especiales, lo primero es reconocerlas. Un ejemplo más liviano: tengo una amiga a la que llamo “la rubia” y ella sabe que no pienso que sea tonta precisamente. También tengo un amigo senegalés al que con frecuencia llamamos “el negro” incluso delante de él, y a veces bromeamos sobre su raza (por ejemplo, pidiéndole que sonría para que se le vea bien en las fotos oscuras). Si él me dijera un día: “Los blancos siempre estáis un poco pálidos”, me echaría a reír. No hay ningún problema, porque subyace un afecto, una broma, de la que él participa. Por cierto, que aceptar el humor sobre uno mismo es de personas inteligentes y con egos saludables (o sea, no demasiado inflados).

Reconozco que esta “equidad en el trato” a todos los niveles no siempre es fácil y que, cuando una persona o colectivo ha sufrido mucho, alcanzar este grado de normalidad es un proceso gradual que requiere tiempo para ambas partes (tanto para las víctimas como para el resto de la sociedad). Pero sí creo que las cosas se vuelven normales en la medida en que las normalizamos (por eso también hay que “desnormalizar” lo que está mal), y que evitar las palabras y dar rodeos es empeorar y prolongar el problema.

Hay demasiadas cosas en este mundo que clasifican y separan a los seres humanos: los prejuicios, las ideologías, las religiones, la raza, el género… Todas estas cosas no tendrían por qué convertirse en fuerzas de división, pero lo cierto es que, tristemente, suelen hacerlo. En cambio, creo que no hay demasiadas cosas que nos equiparen a todos de forma efectiva. Las más obvias y en las que todo el mundo piensa de vez en cuando son la muerte, las desgracias y las enfermedades. Pero hay al menos otra que, además, no es triste sino alegre: el humor. El humor nos iguala, nos hace humildes y nos desdramatiza. Extraer a una persona o colectivo de la posibilidad de formar parte del humor es como extraerlo de la humanidad misma. Todos tenemos algún punto sensible y yo, puesta a elegir, prefiero que podamos bromear sobre cualquier cosa a que no podamos hacerlo sobre nada.

Festivo, en viñetas, en canciones, en gags, en teatros, en bromas, en chistes, negro, tierno, en todas sus formas, dejemos que el humor caiga sobre nosotros para ser, todos, un poco más normales.

anallorens.es
 

Foto: María Traver

Ana LlorensComentario