PASANDO PÁGINA

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Dicen que hay que perdonar, no tanto porque la persona que nos ha herido lo merezca, sino porque nos libera de la negatividad y de la carga emocional que el rencor supone. La teoría la conocemos todos... y, sin embargo, no es tan sencillo: en cuestión de emociones no te crees lo que sabes hasta que realmente lo sientes.

Perdonar nos cuesta más cuanto más queremos a la persona que nos hiere, y cuanto más grave es la afrenta (y por tanto, mayores y más duras sus consecuencias sobre nuestra vida).

Esto es muy lógico. También sabemos que perdonar no es lo mismo que olvidar: una cosa es pasar la página de algo que nos dolió y otra muy distinta ser capaces de apostar por esa misma persona de nuevo, de correr el mismo riesgo emocional. No seríamos humanos si no intentáramos protegernos de quien nos hiere. Es pura supervivencia.

Tengo una amiga que sostiene que perdonar está sobrevalorado. Más allá del sentido del humor que destila esta frase hay una verdad más profunda: cuando pensamos en perdonar ponemos el foco en el otro. Y no es que esté mal necesariamente, pero a veces no es el mejor enfoque. Al centrar la atención en quien nos ha ofendido la desviamos de lo más importante, que somos nosotros mismos.            

Perdemos el contacto con nuestras propias emociones.

Hasta cierto punto, analizar los motivos de quien nos ha ofendido resulta útil, no para justificar sus acciones, pero sí para ponerlas en contexto. Gracias a eso llegamos a entender la situación de una forma más amplia; algo que siempre va a ayudarnos (aunque sólo sea porque, reconozcámoslo, a veces nos sentimos ofendidos por cosas que no son para tanto).

Sin embargo, creo que la clave para perdonar es seguir una vía indirecta: olvidarnos del agresor y centrarnos en nosotros mismos. ¿Qué sentimos? ¿Qué es, realmente, lo que más nos duele? ¿Somos capaces de ver los matices de nuestra decepción, de nuestro dolor? ¿Cuál es la pérdida que todo esto nos supone? Todo esto parece obvio pero no lo es tanto: cuando alguien nos traiciona, todo se mezcla. Hay dolor, decepción, orgullo, miedo, humillación, resistencia a sentirnos vulnerables, y un sinfín de matices emocionales que dependen tanto de la situación como de nuestra forma de ser. A veces, una traición se vive como algo puntual en el presente y otras veces puede poner en cuestión todo lo que creíamos saber de nuestra historia; en estos casos es frecuente que lo que más nos cueste sea digerir ese “cambio hacia atrás”, esa mirada distinta que hace que se tambaleen nuestros cimientos.

No debemos negar la afrenta: debemos entrar en contacto con nuestra vulnerabilidad y tratar, poco a poco, de identificar los matices. De que lo hagamos dependerá que seamos capaces de superarlo, de aceptar que ocurrió y de integrarlo en nuestra historia. Para ayudar a curar una herida tenemos que saber de qué está hecha. Y a medida que vamos haciendo nuestro propio proceso, como consecuencia de éste, vendrá (o no) el perdón hacia quien nos hizo daño. Si esta persona es alguien a quien hemos querido mucho, puede sernos más necesario (aunque también más difícil) llegar a perdonar. En todo caso, perdonar tiene mucho más que ver con llegar a tener paz contigo mismo que con ningún supuesto deber de disculpar a quien nos ha herido.

En todo caso, una ofensa es una pérdida (de seguridad, de una relación, de confianza...) y como tal, conlleva un duelo y plantea un reto porque, para resolver la situación (de la forma que sea: reconciliándonos o pasando a otra etapa diferente) es preciso un cambio en nuestra realidad. Lo que cuesta, muchas veces, no es tanto perdonar al otro sino aceptar ese cambio inevitable en nuestra vida. Como con cualquier otra pérdida. Si no lo procesas, tu presente y tu futuro quedarán condicionados por ese trauma. El objetivo debería ser alcanzar un punto en el que lo ocurrido ya no nos quita el sueño ni ansiamos revancha, pero, sobre todo, en el que ya no nos frena en nuestro camino. De lo que nos libera perdonar no es tanto, o no sólo, del rencor (como si el perdón fuera un favor que, para colmo, le debemos a quien nos agrede), sino de seguir enganchados eternamente a un momento doloroso de nuestra vida.            

Perdonar (cuando sucede) es una consecuencia de ese proceso emocional por el que inevitablemente tenemos que pasar.

No llegaremos a perdonar a alguien (o, al menos, a aceptar la situación aunque sólo sea por nuestro propio interés) si no nos perdonamos a nosotros mismos. Esto, en apariencia tan contradictorio, contiene (para mí) la verdadera clave: cuando te ofenden, perdónate.

Perdónate por haber confiado, por haber elegido mal, por tu parte en el conflicto, por los errores que cometiste, por ser vulnerable, por haberte permitido llegar a una situación en la que te han hecho daño, por no ser perfecto y todopoderoso, por sentir rencor y orgullo, por haber sido víctima de las malas acciones de otra persona...

Cuando no puedas perdonar a alguien, mira dentro de ti mismo. Ten el valor de afrontar tus emociones, porque es ahí donde te has quedado enganchado. Quiérete, cuídate, escúchate, compréndete. Sólo así impedirás que el dolor de la traición se lleve la mejor parte de ti.

Y el perdón, si tiene que venir, ya vendrá.

María Traver

Ana LlorensComentario