RAZONES PARA LA EMOCIÓN

Estoy leyendo un libro que me está haciendo sentir incómoda. Como soy testaruda, estoy decidida a terminarlo a pesar de todo, y no revelaré cuál es para no influir en la opinión de nadie. Sólo diré que se trata de un manual de psicología, escrito por un psicólogo titulado, que recoge una serie de ideas y pautas para vivir mejor y ser más felices. Mi experiencia personal me lleva a estar de acuerdo con muchas de sus propuestas; sin embargo otras me escandalizan hasta un extremo que a mí misma me sorprende. Y aquí ando, en un mar de sensaciones contradictorias que me está haciendo reflexionar mucho acerca de la razón y la emoción.

Básicamente, el libro propone mejorar nuestro bienestar emocional basándonos en tres pilares: poner el foco en el interior (es decir, hacer que nuestra felicidad dependa de nosotros mismos y no de circunstancias externas), vivir en el flujo natural de las cosas (aceptando lo que ocurre, dejando marchar personas y etapas vitales sin apegos y sin aferrarnos) y cultivar una actitud de gratitud hacia la vida, apreciando lo que tenemos.

Así expuesto, no suena mal: se trata de estar bien contigo mismo con independencia de las circunstancias, de aprender a aceptar con naturalidad cómo es la vida y de fomentar una actitud abierta y agradecida. Dejamos de ir por ahí como pollos sin cabeza, como barcas a merced de los vientos que soplan, asustados y tensos frente a lo que nos ocurre o podría ocurrirnos, neuróticos perdidos y con la constante sensación de que todo es terrible.

Las tres líneas propuestas por el autor encierran una sabiduría incuestionable: ante unas circunstancias dadas, en vez de frustrarnos con la vida, lo que necesitamos es cultivar una actitud y una forma de pensar que trabajen a nuestro propio favor. Debemos aprender a poner nuestra mente a nuestro servicio y no en nuestra contra (que es como suele funcionar por defecto) y ser capaces de identificar y neutralizar toda esa negatividad con la que aumentamos nuestro malestar. Hay que desdramatizar, aceptar que el cambio y la pérdida son parte natural de la vida; hay que dar más valor a lo que tenemos (no a lo que nos falta), simplificar prioridades y expectativas y rebajar nuestro ego, sabiendo que lo que nos hace valiosos a los seres humanos es amar y poco más.

Con esta parte no puedo estar más de acuerdo: he experimentado en carne propia el cambio que se produce en tus emociones y en tu actitud cuando haces un esfuerzo consciente por convertir tu mente en una herramienta constructiva en vez de permitir que sea un arma de destrucción masiva. Lo que me chirría (creo; como decía, lo voy analizando a medida que leo y aún estoy en proceso) es la rotundidad con la que el autor afirma cosas como que siempre da igual lo que nos pase; o que ante nuestras emociones negativas lo que debemos hacer es aprender a revertirlas con argumentos racionales. Leyéndolo parece (o me parece a mí) que casi cualquier emoción difícil (temor, dolor, inseguridad…) es un mal a contrarrestar de forma inmediata. Y esto me crea problemas serios tanto con el tono del libro como con buena parte de su contenido.

Para empezar, tengo la absoluta convicción de que muchos de nuestros problemas vienen, precisamente, de no darnos tiempo y espacio para reconocer, vivir, sentir, aceptar y gestionar nuestras emociones. Ponerse manos a la obra para revertir de inmediato cualquier emoción negativa en cuanto surge me parece, como mínimo, peligroso. Las emociones surgen y a veces nos sorprenden, necesitamos tiempo para comprender lo que nos pasa y, mientras tanto, tampoco podemos negarlas. Las emociones, para mí, son legítimas siempre. Ni sentir es malo ni podemos controlar por qué surge una emoción: sólo podemos responsabilizarnos de nuestras acciones. Podemos, por ejemplo, sentir celos de alguien, pero machacarnos por ello no sirve de nada: ¿acaso hemos elegido sentirnos así, o podríamos haber controlado esa emoción para que no surgiera? No; simplemente ha surgido sin pedirnos permiso. Lo que debemos hacer es comprenderla y gestionarla y, eso sí, no permitir que nos lleve a hacer daño a esa persona como revancha.

Además, las emociones son positivas. Sí, todas, hasta las que llamamos negativas, que para mí es un error: no es que la emoción sea negativa, es que nos hace sentir mal, que son cosas muy distintas. Yo prefiero llamarlas emociones “difíciles”. Emociones como el miedo, el dolor, los celos, la ira, nos informan de muchas cosas: de dónde debemos crecer, de por qué nos afectan ciertas cosas, de qué es lo que de verdad nos importa, de cómo nos encontramos… Las emociones nos movilizan: nadie se implica de verdad en algo que en el fondo no siente. Sin sentir las emociones y aprender a manejarlas no podríamos conocernos a nosotros mismos ni crecer. Y, por más que nos sintamos bien y en paz con nosotros mismos, por más que sepamos que la vida es un devenir lleno de experiencias de todos los colores, cuando muere un ser querido sentimos un dolor inmenso y difícilmente diremos que somos felices. Es más: no pasa nada por estar mal. Sí pasa por dramatizar, por regodearnos en nuestra miseria. Pero hay dolores que no se pueden ni se deben revertir: como mucho se pueden procesar, y con dificultades. Hay que saber, también, reconocer nuestra vulnerabilidad, pedir ayuda… Hay un montón de aspectos que nos hacen esencialmente humanos y que jamás desarrollaremos si nos dedicamos a revertir racionalmente cada cosa que sentimos.

Creo, en definitiva, que las ideas propuestas por este libro son interesantes y en gran medida acertadas. Sin embargo, también creo que llevarlas al extremo y aplicarlas a pies juntillas a cualquier situación es poco realista, peligroso y, en cierto modo, inhumano: es necesario un equilibrio que reconozca el valor de nuestra experiencia emocional.

Si la cabeza piensa, el corazón mueve.

Opinion
 

Foto: María Traver

Ana LlorensComentario