SORPRESAS

Ha pasado algo más de tiempo de lo habitual desde mi último post. En los últimos meses me he encontrado inmersa en una vorágine de sustos familiares y no me ha quedado más remedio que posponer ciertos compromisos y relajar alguna de mis costumbres. Y así, mientras iba saltando obstáculos, pensaba en cómo muchas de las cosas que nos pasan (a veces diría que la mayoría, y desde luego, muchas de las más importantes) escapan totalmente a nuestro control. Como mucho, podemos decidir cómo vivirlas, qué hacer con ellas.

A las personas no nos gustan las sorpresas desagradables; a algunos, ni siquiera las agradables. Nos suele gustar tenerlo todo controlado, que todo salga siempre tal y como planeamos. Lo que pasa es que es imposible que todo salga siempre como todos queremos. Como dice una frase que me encanta: la vida no tiene la menor obligación de tener sentido para ti. La vida es; sucede y punto. Y en realidad, un futuro en el que todo sale según lo planeamos no deja de ser previsible y aburrido: hay mucha magia en no saber exactamente lo que va a pasar, en abrazar los cambios. Por otra parte, si disfrutamos tanto cuando las cosas nos van bien, en parte es porque íntimamente sabemos que nunca existe la certeza de que vaya a ser así: esa incertidumbre hace nuestros éxitos, nuestros momentos felices, más especiales y plenos de significado.

Por otro lado, ¿no es tener un poco de caradura estar abiertos a las sorpresas agradables pero rechazar las que no lo son? Obviamente, no es fácil alegrarse cuando los acontecimientos contravienen nuestros deseos y los obstáculos se levantan en el camino, pero quizá, sólo quizá, podríamos intentar tomarlo con cierto sentido del humor y deportividad. En mis viajes a países menos desarrollados que España he observado una actitud en las personas que, en cierto modo, me resulta más sana que la nuestra: el hecho de vivir con mayor incertidumbre, afrontando riesgos concretos de forma habitual, les da, por un lado, una gran capacidad de aceptación del dolor, la frustración, la pérdida; y por otro, una actitud más alegre y vibrante, como si fueran más conscientes de que deben celebrar cada día simplemente porque están vivos. Sin llevar esto al extremo (creo que el progreso es bueno y que todas las personas deben tener acceso a una vida segura y digna), la idea es que un punto de incertidumbre, y una buena sacudida de vez en cuando, nos pone los pies en la tierra y nos reajusta la ruta como nada más puede hacerlo.

Los acontecimientos imprevistos nos invitan (quizá debería decir obligan) a adaptarnos, que no es más que otra forma de soltar el control. Aferrarnos a nuestra forma de ver, hacer, pensar y sentir, la rigidez de pretender que todo siga como estaba cuando la vida nos ha cambiado el paradigma es un billete seguro a la frustración, al desánimo y a la infelicidad. No digo que no duela, pero si te sueltas y te abres, al menos evolucionas. Y en ese proceso, te irá también mejor dentro del nuevo orden de las cosas que la vida te impone. Por lo demás, la estabilidad es una ilusión: aunque pasemos rachas tranquilas y otras más ajetreadas, lo cierto es que todo cambia siempre. Lo que pasa es que, la mayor parte del tiempo, no nos damos cuenta.

A veces, la vida nos empuja al extremo y nos plantea disyuntivas imposibles, donde todas las alternativas conllevan un precio que nos duele terriblemente pagar. Entonces nos sentimos atrapados, en un callejón sin salida. Y está claro que hagamos lo que hagamos va a dolernos pero, en esas situaciones, la salida, más que encontrar una opción buena (no la hay) es cambiar el enfoque y saber, en nuestro fuero interno, que hagamos lo que hagamos, con nuestra mejor intención, estará bien. Nadie tiene una bola de cristal ni está obligado a acertar imposibles.

Tan poca fe tiene en la vida quien quiere tenerlo todo bajo control como quien asume que todo es fortuito y, por tanto, vive al día sin comprometerse con nada (persona o proyecto) de forma permanente. Normalmente, lo ideal es un término medio: elegir conscientemente en qué nos vamos a dejar llevar y en qué vamos a pelear para que las cosas sean como queremos. Una de las paradojas de nuestra necesidad de tenerlo todo controlado es que muchas veces, no intentamos siquiera ejercer un cierto control sobre lo que realmente es importante: permitimos que la inercia de la vida nos vaya llevando y nos dejamos en la cuneta proyectos, personas, momentos, nuestra salud... Y por otro lado, nos frustramos por mantener bajo control aspectos de nuestras vidas que son irrelevantes o, simplemente, incontrolables. Quizá podemos permitirnos aflojar un poco y, por ejemplo, prescindir de tener la casa siempre ordenada e impoluta, el tiempo medido al segundo, o la última palabra en todas las discusiones. Dejar de desperdiciar toda esa energía y, en cambio, emplearla en conectar con las personas que aportan riqueza y salud a nuestras vidas, en perseguir sueños. En proyectos, pero no cualquier proyecto: solo los que lo merecen, aquellos que no podemos sacarnos de la cabeza. Son ésas las cosas y personas de las que, pase lo que pase, no debemos soltarnos. Es sobrecogedor analizar la discrepancia entre cómo y con quién ocupamos nuestras jornadas, y lo que nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan de verdad.

Soltemos. Dejemos de perseguir quimeras, de pelearnos con imposibles, de darnos cabezazos contra la pared, de resistirnos al cambio, de frustrarnos por situaciones que no hacen diferencia alguna para la riqueza, profundidad y felicidad de nuestras vidas. Y cuando vengan las sorpresas desagradables, estemos dispuestos, también, a soltar y a cambiar, porque adaptarse es crecer y, lo que es aún más importante, sobrevivir.

Y mientras resistimos y trabajamos para “salir del túnel por el otro lado” (cosa que no siempre es posible, porque no todos los desenlaces son felices), no ignoremos la salida que siempre tenemos a nuestro alcance: cambiar ahora.

Ana Llorens
 

Foto: María Traver

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